Meditación Energética (Prana Dhyan)

Durante la meditación accedemos a un profundo silencio de despertar. Entramos gradualmente por un estado de sutil comprensión no verbal, guiados por el prana, la energía vital, que nos envuelve reveladora en sencilla e intensa armonía interior.

Nos conduce la respiración, tan suave como real, a la presencia firme de nuestra identidad, aquella en que la quietud goza de estable centramiento y de una disposición adecuada para el conocimiento intuitivo.

Un saber no sabiendo que colma ingrávido nuestro cuerpo y espíritu en su encuentro con la mística realidad. Un ‘estar siendo’ en totalidad y unión, llenos de amor y confianza durante el desvelamiento del Ser.

La música silenciosa que compone el espíritu durante la meditación aquieta cualquier sentimiento de temor o sufrimiento y lo disuelve con su melodía gozosa, conectando nuestro cuerpo a una verdad superior que se manifiesta tan visible como agradablemente misteriosa.

Ese misterio nos llena de paz, porque se abre una puerta a través de la cual descubrimos que somos algo tan auténtico como indefinible e ilimitado.

Poesía más allá del amor


Qué soledad va llenando esta página abierta al amor, esta frase que te busca en la metáfora doliente, este sonido a ti entregado como eco de nostalgias transitorias donde el corazón asciende y desciende de la lágrima al hálito. Qué soledad tan bella recogerte entre mis versos para amarte en la distancia, entre suspiros y delicadas fragancias imposibles.

Observarte en el espejo de mi recuerdo, bajo tu imagen detenida como piedra preciosa e inerte, resguardada del tiempo por un amor que avanza más allá de la vida, tan infinito como la trayectoria del círculo, me ha salvado, en su intensa constancia, de las ruinas del ayer.

Hoy sólo me queda mirarte a través del verbo que te sueña y te revive y te amplifica como a una divinidad naciente de sol y esperanza. Hoy pervives, tal que sombra dorada, entre mis brazos dormidos, enlazados en la noche de nadie, con la voz anegada y el corazón devuelto al incendio del deseo, sabiendo que seremos salvados, dichosos y puros, por la extinción calma del verso y su belleza inmortal.


Elogio del amor


La vida nos alcanza dichosa con su torrente de amor, nos invita a compartirlo con el mundo y a sentirlo dentro de nosotros de una forma cada vez más intensa, pues no hay mayor felicidad que experimentar el amor puro en lo más profundo de nuestro corazón.

El amor es la semilla de la vida, un claro manantial sin límites del que bebemos día tras día, para aliviar la sed que produce el sufrimiento.

Amor y sufrimiento van íntimamente unidos. En verdad, el sufrimiento es una forma de amor. Jesús en la cruz sufrió y amó al mismo tiempo por todos nosotros. La entrega incondicional -que representa el amor verdadero- requiere de generosa sinceridad.

Sentimos felicidad con la vivencia de un amor que culmina en la verdad de la compasión, en un espíritu bondadoso que comprende la realidad de su destino, el sentido final de esta experiencia que llamamos vida.

La realidad del amor va más allá de la vida, afirmando un sentido por y para sí mismo. Una puerta a través de la cual nuestra entrada es bendecida. La esperanza se construye con el anhelo de amar, con la certidumbre de esta experiencia como vía de realización.

En la esperanza resplandece la entrega, la confianza, la identidad eterna. El ser espiritual bañado de luz, amor y verdad.


La vida y su silencio revelador

El silencio es sincero, corona a la quietud de aire naciente. No existe el olvido para el hombre que vive en la vacuidad pura de su ser. Allí no hay memoria ni recuerdo, sólo conciencia completa de su eternidad.

El tiempo es una ilusión, es el reflejo de la eternidad; no su imagen auténtica. En la quietud consciente el que observa es lo observado, el que ve se siente visto por su propio ser, que vuela más allá del tiempo y del espacio.

El rumbo del silencio y de la vacuidad nos trasladan por un fluir etéreo de identificación permanente con la unidad, con aquello que no es lo uno ni lo otro, sino ambas partes constituyendo un todo orgánico ilimitado en sus correspondencias y manifestaciones.

El ser no soy yo, ni tú, sino todos y nadie al mismo tiempo. Gotas de agua en un infinito océano, cuya esencia es la misma, cuyo sometimiento al accidente es causal, lleno de sentido, pero impermanente.

Lo accidental se resuelve en ineludible a medida que despejamos el camino de malezas inservibles, nos liberamos de todo cuanto obstaculiza el paso ligero y nos adentramos en lo real completamente inmersos en lo que está sucediendo (lo que es), no en lo que sucedió o sucederá. Cada paso que damos nos muestra el sentido del paso anterior y nos guía hacia el paso siguiente. La quietud camina y fluye por el sendero de la verdad y el conocimiento en su más pura simplicidad

Así, uno surcará sinceramente su senda, tal y como cantara Machado, “ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Reiki


La energía es nuestra conexión con lo divino. Somos un canal de vida dispuesto a sanarnos y a sanar a nuestro prójimo. La vida crece en amor a medida que nos llenamos de energía. Dios es vida y amor, nosotros, tal que átomos de Dios, somos vida y amor.

La conciencia en conexión divina realiza su trabajo de expansión gozosa, de hermandad universal, de amistad inseparable de lo verdadero. “Lo esencial [leemos en El Principito] se muestra invisible a los ojos”. Lo que somos –en su totalidad- fluye cuando la energía canalizada se armoniza en el ser. La energía es nuestra esencia.

Al dar reiki compartimos nuestro amor potencial, lo expandimos milagrosamente. Al dar reiki el amor de Dios se expande -auténtico y sencillo- sobre nosotros.

Sabiduría interior (Comprendiendo el dharma)


“¿Qué es el dharma? No hay nada que no lo sea”.
Ajahn Chah

El conocimiento del dharma, es decir, de la enseñanza budista esencial, no es un proceso intelectual sino todo lo contrario, consiste en una plena y sencilla atención de la realidad, tanto interior como exterior.

Atención plena y sencilla, porque la sencillez es plenitud. No hay manera mejor de adentrarse en la realidad de uno mismo que viviéndola por completo, sin otro presupuesto que el del ‘estar ahí’. Nuestra vida se compone de información que recibimos, la cual interpretamos en la mente o conciencia. La información nunca es asimilada en su carácter objetivo sino que el velo de la conciencia estila una visión de la misma a nuestra medida. El fenómeno brilla intenso y lo recogemos difuminado, necesariamente manipulado.

El dharma siempre está presente en la realidad. La vida –en todas sus manifestaciones- nos invita a un aprendizaje continuo. Comprender la ley budista, la ley natural del dharma, es lo que nos acerca al despertar, a la iluminación presente de nuestro devenir.

El sufrimiento enseña, el placer enseña, el cambio enseña. Al fin, comprendemos que no hay sufrimiento ni placer constantes en esta vida, que lo impermanente es -precisamente la esencia- lo único que no cambia. Estar ahí, completamente ahí, en esa realidad presente de las cosas: eso es el dharma.

Una serena reflexión de Ajahn Chah versa así: “El dharma tiene que ser hallado a través del examen de tu propio corazón y mediante la observación de lo que es verdadero y de lo que no lo es, de lo que es equilibrado y de lo que no es equilibrado”. La máxima del equilibrio se nos recuerda aquí como una verdadera receta de la buena salud psicológica. Esta máxima tan oriental nos invita a que observemos por nosotros mismos para discernir lo que es verdadero de lo que no lo es, para hallar -en ese discernimiento- el mapa del camino medio, el cual se anda con voluntad y confianza en nuestra propia sabiduría interior. La sabiduría interior representa la luz del camino; y la confianza en ésta, el valor necesario para adentrarnos en el mismo.

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